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domingo, agosto 31, 2008

Día 15: Flagstaff- Grand Cannyon-Boulder City (Nevada)

Era uno de los días más esperados. Nos esperaba el paseo en helicóptero por encima del Gran Cañón del Colorado. El vuelo lo habíamos reservado en el aeropuerto el día anterior en el aeropuerto, que queda un poco antes de la entrada sur del parque. Igual deberíamos haberlo reservado antes porque no había hasta las 14.00h y lo queríamos a primera hora. Pero bueno, así aprovechamos para visitar otro rato más el Gran Cañón.

Esta vez fuimos al Desert View que queda al este del Parque. Para ello nos levantamos temprano, una vez más. Carlos siguió con sus problemas con la alarma del móvil. Esta vez no le sonó. El dijo que lo había dejado bien puesto. Ya, claro.
Una vez allí, Después de las fotos de rigor en las que se veía el Río Colorado más cerca que desde los miradores del día anterior, nos dispusimos a realizar una foto completa con los 5 fantásticos. Para ello un miembro del grupo les dijo a 2 chiquillas que teníamos al lado, y que hablaban medio en catalán medio en castellano, a ver si estas 2 chicas tan guapas y tan españolas lo podían hacer. La foto la sacaron pero no pusieron buena cara. Que conste que no lo hicimos con mala intención.

El tiempo se nos había echado encima. Debíamos volver al aeropuerto rápidamente. Así que al conductor, cuyo nombre omitiré, no le quedó más remedio que saltarse todos los límites de velocidad posibles y efectuar unos cuantos adelantamientos temerarios. Ni aún así llegamos a tiempo. De todas formas no nos valió de nada. Ya al llegar y ver todos los helicópteros en tierra nos temimos lo peor. Era un día con bastante viento y estaba nublado. Efectivamente no estaban saliendo los vuelos.
Fue un bajón tremendo. Era una de las cosas más atráctivas que habíamos planeado para nuestras vacaciones, sino la que más. Se juntaba el vuelo en helicóptero, que ya solo es suficientemente atractivo, con hacerlo sobre el Gran Cañón.

No había solución. Asi que nos tuvimos que ir a comer unos tristes sándwiches de mortadela y salami que habíamos comprado en un Walmart y que en otras condiciones nos hubieran sabido a gloria. Además justo empezó una tormenta, así que decidimos largarnos del Gran Cañón rumbo a Las Vegas donde podríamos matar nuestras penas jugándonos el dinero que nos habíamos ahorrado con la suspensión del vuelo.

Nos estuvo siguiendo la tormenta prácticamente toda la tarde. En algún punto intentamos coger algún rayo con nuestras cámaras y alguno lo consiguió. También vimos algún arcoiris.

Pasamos por pueblos como Seligman y Kingman. El primero mucho más pequeño y coqueto con todos los establecimientos de la Main Street haciendo alguna mención a la ruta 66. Es una parada obligatoria de todos aquellos que quieran seguir la ruta. El segundo en cambio es un pueblo más grandote y no tiene tanto encanto. También tiene un museo de la ruta 66 al que llegamos cuando estaba cerrado una vez más.

Como anécdota decir que al llegar a Kingman un vagabundo nos recibió preguntándonos si eramos franceses, enemigos de EEUU. Parece que desde la guerra de Irak no tienen mucho aprecio a los franceses por aquí.

Después de tomar unas frescas birras en un tugurio local retomamos el coche. Aquí abandonamos la ruta 66 que nos ha acompañado desde Chicago (que lejos suena ya). Nos vamos dirección Las Vegas y luego seguiremos hacia el norte dirección San Francisco. Trataremos de llegar al final de la ruta 66 en Santa Monica cuando nos acerquemos a Los Ángeles.
Ya de noche pasamos por la presa Hoover que sirve de frontera para llegar al estado de Nevada. Si de noche ya nos parece espectacular de día debe serlo mucho más. De una simple presa también tratan de hacer negocio, pues había carteles de visitas guiadas por la presa, tiendas y demás.

Buscamos alojamiento y lo encontramos en el Hotel-Casino Hacienda en Boulder City, a unas 30 millas de Las Vegas. Nos sorprendió con sus precios bajos, más barato que algunos moteles, y el hotel estaba muy bien. Allí que nos quedamos y así pudimos tener una primera toma de contacto con las máquinas, el poker, las ruletas, el blackjack, etc. Fue sólo un aperitivo de lo que nos esperaba al día siguiente.

sábado, agosto 30, 2008

Día 14: Flagstaff- Grand Canyon-Flagstaff

El Gran Cañón o viviendo peligrosamente.

Flagstaff, hora indeterminada de la mañana. Algo me despierta. Abro los ojos y veo a César dándole golpes a mi teléfono móvil. Le pregunto que qué hace y me mira con cara de asesino. Al cabo de un rato descubro que con los tapones no he oído el despertador y parece que ha estado sonando un buen rato… Bueno, tampoco es para ponerse así. Me levanto y voy a ducharme. Una vez en el baño miro el reloj: las 5:15 am. Lo vuelvo a mirar. Siguen siendo las 5:15 am. Vaya bazofia de reloj que me he comprado en el Walmart, menos de una semana y ya funciona mal. Es curioso que con la hora que es esté todo tan oscuro… ¡¿Oscuro?! Ay Dios, que creo que he metido la pata. He puesto el despertador del móvil sin acordarme de cambiar la hora (en Arizona es una hora menos). Bueno, hay dos buenas noticias: el reloj del Walmart funciona bien, y tengo una hora más para dormir, así que me voy a la camita.

Flagstaff 6:15 am. Ahora sí, arriba. César sigue con cara de asesino. No entiendo por qué, si sólo ha sido un pequeño despiste sin importancia...
Bueno, al grano. Desde Flagstaff al Gran Cañón hay más de 80 millas, así que tenemos un ratillo de coche. La entrada al Parque son 25 dólares por vehículo. Pensábamos que además teníamos que pagar por persona, pero por suerte no es así. Es curioso, pero la entrada al parque nos va a costar la tercera parte de lo que nos costó ayer la entrada al Meteor Crater, y os aseguro que entre uno y otro, no hay comparación posible. El Gran Cañón es sencillamente impresionante: inmenso, con un colorido y unas formas increíbles.

Cuando entramos al Parque nos damos cuenta de que si al día siguiente queremos coger la excursión en helicóptero sería mejor reservarlo ya, así que dos de nosotros nos acercamos al aeropuerto para hacer la reserva.

Dentro del parque te puedes mover en coche, aunque por zonas limitadas, o en unos autobuses que son gratuitos. El plan que tenemos es ver el Cañón desde varios de los puntos con vistas panorámicas, luego hacer una excusioncilla a pie por la garganta Bright Angel (algo suavecito, no os penséis), y luego coger un autobús hacia la zona oeste, concretamente a Hopi Point, para ver desde allí la puesta de sol.

Lo de la excursión al final se queda en un paseo, ya que cuando llevábamos un ratillo bajando empieza a llover bastante (ya nos había advertido una amable guarda del Parque que probablemente iba a haber tormenta). Nos resguardamos como podemos en un recodo del camino y esperamos a que pase. De repente se oye un ruido sobre nuestras cabezas y tenemos el tiempo justo para apartarnos antes de que caiga una piedra de tamaño bastante respetable justo en el sitio en el que hacía unos segundos habíamos estado haciendo unas fotos. La verdad es que acojona un poquillo, así que entre eso y que el camino está ya impracticable, optamos por regresar al punto de salida.

Y lo de ir a ver la puesta de sol al Hopi Point también ha tenido su historia. Para empezar, la carretera está en obras, así que optamos por ir andando. En ello estamos cuando vemos un cartel con letras enormes y colores llamativos que dice algo así como “NO CAR OR PEDERASTRIANS ALLOWED. KEEP OUT”. Como nuestro inglés es muy avanzado entendemos perfectamente lo que quiere decir: “NO SE PERMITEN COCHES NI PEDERASTAS. LOS DEMÁS, P’ALANTE”. Así que p’adelante.

Al cabo de un buen rato de avanzar sin ver un alma nos barruntamos que quizás el cartel no quería decir lo que imaginamos, y que tal vez los guardas del Parque no vean con buenos ojos nuestra presencia allí, así que decidimos tener preparada una buena excusa, por si es menester.
De todas las estupendas ideas que surgen de la brainstorming, la más votada es la de Miguel y que consiste en convencerle al guarda de que después de lo Pearl Harbor, no queríamos tener que ver el atardecer rodeados de japoneses, y que por eso nos hemos salido del camino. Esperemos que se lo traguen…

El caso es que andando, andando, llegamos por fin al Hopi Point sin atisbar espécimen humano alguno. Cuando ya va a ponerse el sol, y estamos todo confiados, oímos a nuestras espaldas acercarse un coche que se para, una puerta que se cierra, unos pasos que se acercan. Cuando ya nos imaginamos a un guarda echándonos una bronca enorme, apareció un tipo que resulta ser un almeriense que está de voluntario en el Parque. El caso es que el tío se porta bien y ni siquiera nos pregunta qué hacemos allí.
Pasado el susto nos dedicamos a disfrutar de la puesta de sol. Ya sé que me repito, pero sólo sé calificarla de impresionante. Según se va escondiendo el sol, el Cañón se va tiñendo de rojo poco a poco, oscureciéndose y difuminando sus formas. Lástima que hay un poquillo de brumilla.

Pero volvamos a la realidad, porque ahora hay que regresar hasta al coche, que está a un buen rato andando, y sin apenas luz, y para colmo tenemos que evitar los coches de los guardas que pasan por allí. Cuando por fin llegamos al Cañonero ya es completamente de noche, y aún tenemos que cenar y encontrar donde dormir. Cenamos algo rápido en una pizzería de Tusayan, por cierto bastante cara y que a alguno le ha hecho estar toda la noche bebiendo agua. Lo de encontrar sitio para dormir se complica y al final tenemos que volver hasta Flagstaff, al motel de la noche anterior. Y así termina nuestro primer día en el Gran Cañón, en el que, por cierto, hicimos una amiga, como se ve en la foto siguiente.

Día 13: Grant- Flagstaff (Arizona)

PASO DE NUEVO MEJICO A ARIZONA O "LA MENTIRA DEL METEORITO"
El día no prometía mucho, la verdad, metidos en el Nuevo Méjico profundo para pasar a la Arizona profunda. Desierto, calor, sed, polvo (suciedad… so pillastres).
Sin embargo, haciendo ahora un balance del mismo, puedo concluir con que fue a resultar un día la mar de interesante, el cual paso a comentar.
A pesar de ello, si yo me llamase Yorch Lucas le hubiese titulado al día “La mentira del Meteorito”, como podréis comprender más adelante.
8:30 de la mañana, sonó el puto móvil-despertador. Qué momento más duro.
Lo primero, nada más despertar y tomar conciencia de la nueva realidad, a comprobar que nuestros cuerpos habían sido respetados. Y me voy a explicar, cosa conveniente teniendo en cuenta que conviviendo y durmiendo juntos los cinco durante 3 semanas se pueden llegar a coger grandes confianzas que, en condiciones normales, son impensables y que, el que lee esto, rápidamente puede imaginar, maliciosamente, eso sí.
La explicación es que desde que llegamos la noche anterior a la habitación del motel hasta que nos acostamos, matamos en ella más de diez mosquitos. Algunos de ellos en plena faena chupatil. Los cabrones se ponían en la puerta por fuera y, cuando la abrías, entraban para dentro. No son listos ni na los muy pequeñicos.
Yo me acojoné bastante, porque soy incapaz de dormir sabiendo que hay un bicho alrededor que quiere chuparme (…), sea cual sea. Y es que el que escribe tiene un gran problema con estos pequeños animalillos (mosquitos, pulgas… y demás fauna parásita). Debe de ser que tengo una sangre exquisita.
Así que, por si había quedao alguno vivo, decidí recurrir a viejas tácticas de supervivencia en estas guerras. Una táctica para evitar que te piquen los mosquitos es que el ambiente esté fresco, para así no destaparte con el calor (hace frío, asín que te tapas bien) y asín no te pican los mosquitos, pues no disponen de pista de aterrizaje/despegue.
De esta manera, le propuse a Edu (mi compañero de rum esa nait) poner el aire acondicionado de la habitación a tope durante toda la noche. Asín, a lo sumo, nos chuparían en la cara, pero no en las paturrias ni en los estómagos repletos de comidas basura.
Por la mañana, al despertar, nos examinamos y pudimos comprobar, con entusiasmo y alborozo, que nuestros cuerpos habían sido respetados, tanto por los mosquitos como por el ser humano que dormía a escasos decímetros de la presunta víctima (nosotros). Por lo primero el alivio fue grande. Por lo segundo indescriptible.
Tras ello, la rutina de ducha-vestirse-recoger-ponerse en marcha.
Guió el Cañonero Míguel. Como ha hecho alguno de mis compañeros de viaje, yo me sumo a agradecerle que ese día no tendiese a pisar el inexistente embrague del Cañonero cada vez que tenía que detenerlo por cualquier motivo. Nuestros cuellos le están eternamente agradecidos por ello y olvidan sin rencor los latigazos del pasado como consecuencia de las consecuentes paradas bruscas.
Ese día desayunamos en el Cañonero, mientras viajábamos hacia Arizona. El desayuno consistió en lo que bien podría ser el “oficial brecfast” de nuestro viaje: un plátano, un yogur líquido y, para los ansiosos, un zumo de naranja. La verdad es que el Cañonero da un juego enorme, pues desayunas en él como un señor. Los manjares los habíamos comprado la noche anterior en un súper mejicano (la mar de peculiar).
El paisaje, continuando con la planicie y la aridez, empezó a vislumbrar alguna montaña, cosa que no había sucedido hasta entonces a pesar de los muchos km. (aquí como son muy suyos los llaman millas) recorridos hasta entonces.
Nos sorprendió ver multitud de trenes de mercancías que circulaban por la llanura en sentido contrario al nuestro (de oeste a este). Además del número nos llamó la atención la cantidad de vagones de cada uno de ellos (más de cien). No calculo las toneladas de mercancías en vagones que nos pudimos cruzar aquel día. Estos tíos son un poco animales para todo. Cada tren lo remolcaban hasta cuatro máquinas.
A media mañana llegamos a un pueblillo de Nuevo Méjico llamado Gallup, en plena Ruta 66. La guía que había comprado para el viaje lo recomendaba, por tener muchas tiendas de artesanía y demás cosas indias.
Lo primero, siguiendo a rajatabla el protocolo del buen turista, fuimos al punto de información (Gallup Cultural Center). Un indígena (es decir, un indio, descendiente de los que había allí antes de que llegaran los ingleses a darles caña…) nos atendió y se afanó en ofrecernos multitud de cosas para ver (calles, museos…), entre ellas un festival intercultural que empezaba aquel día.
Dimos una vueltilla por el pueblo, con un calor bastante majo (treinta y muchos).
En muchas paredes del centro había dibujados murales de gran tamaño, y chulos. En la foto adjunta podéis ver uno.
Tal y como comentaba la guía, pudimos ver muchas tiendas de artesanía indígena.
El pueblo me gustó mucho. Merece la pena pasar por él.
Me sorprendió muchísimo que una buena parte de su población fuera indígena. Es como si fuese un pueblo que mantuviese las generaciones de los indios que poblaron aquellas tierras antes de que llegaran los hijos de la gran… bretaña. Solo que ahora los indios, en vez de ir montados en un caballo iban sobre un montón apretujados en el motor de una potente rancheras o de un deportivo.
Un poco antes de las 12 de la mañana nos fuimos de Gallup.
Y enseguida pasamos a Arizona, séptimo Estado de la Ruta 66 y noveno de nuestro viaje.
En la hoja de ruta planeada por Edu antes del viaje estaba el visitar el “Petrified Forest Nacional Park”, del cual no había oído hablar en la vida.
El parque resultó ser sorprendente, positivamente.
Se trata de una zona de pequeñas montañas de colores muy diferentes y formas curiosas.
El nombre (bosque petrificado) le viene porque hay un montón de troncos que, por un rollo geológico, se han petrificado y ahora son rocas (pero no te das cuenta de ello hasta que estás muy cerca, pues de lejos parecen troncos de madera).
Comentar que antes de entrar al parque tuvimos que decirles a los guardas del mismo, a su requerimiento, que no llevábamos con nosotros ningún fósil ni ningún mineral. Esto venía para controlar el que no nos llevásemos del parque ninguno de estos troncos petrificados, lo cual estaba prohibido, como nos dejaron muy claro a la entrada (si decíamos a la entrada que no teníamos nada con nosotros, nada teníamos que tener a la salida).
Insisto en que el parque merece mucho la pena. A mí me encantó, en parte porque fue una sorpresa que no me esperaba. Lo malo, como ya era habitual, el calor que nos hizo.
Se nos hizo un poco tarde para comer… y nos temimos lo peor. Pero al final se apiadaron de nosotros en “Mr. Maestas”, en Holbrook. Claro que esa misericordia la cobraron con creces después al autoajudicarse un 15% de propina (aquí lo hacen en algunos sitios), que el grupo decidió no discutir. Comimos la que es la comida oficial de nuestro viaje y del país en sí: hamburguesaza y patatas fritas. Homenaje al colesterol.
Tras la comida cogimos ruta hacia Flagstaff, pueblo lanzadera hacia el Gran Cañón, que visitaríamos los dos días siguientes.
De camino paramos en el “Wigwam Motel” que es curioso porque las habitaciones se encuentran dentro de tiendas de campaña que simulan a las de los indios. Así el motel parece un poblado indio, de los de las películas. Además, delante de cada tienda hay un coche antiguo de los que les gustan aquí (Cadillac por ejemplo). Me quedé con las ganas de saber lo que costaba una habitación. De todos modos, aparte de la tontería de decir que has dormido en un poblado indio (es un decir), las habitaciones no parecían muy cómodas.
Seguimos ruta y de camino nos salimos de la carretera para ir al “Meteor Crater Natural Landmark”. Se trata de un boquete gigantesco que hay en mitad de la llanura (aquí las llanuras son llanuras, es decir, mires a donde mires no se ve ni un minúsculo montículo) y que produjo hace ya unos cuantos años (fijaos que de aquella todavía no había nacido Fraga) un meteorito que chocó a mucha velocidad contra la Tierra.
El cráter estaba a unas cuantas millas de la autopista, que tardamos un ratillo en recorrer.
Al llegar pudimos comprobar, una vez más, lo buenos que son los norteamericanos para el tema de montar un negocio y sacar los cuartos al prójimo.
En este caso el gancho, aparte del propio cráter, es el “ya que hemos llegado hasta aquí entramos ¿no?”. Los cabrones se sirven de eso para cobrarte 15$ por barba. Este precio resulta abusivo, teniendo en cuenta lo que vimos detrás de aquellas puertas y teniendo en cuenta que hemos pagado mucho menos por ver Parques Naturales que le dan millones de vueltas a esto (Gran Cañón, Yosemite…).
Así que nos miramos y nos dijimos “ya que hemos llegado hasta aquí entramos ¿no?” y sucumbimos. “75$ plis” nos dijo el de la ventanilla.
Dentro hay un cráter gigantesco (que llama la atención, pues es muy ancho y muy profundo).

También hay una especie de museo relacionado con los meteoritos, con los planetas… que no es más que un pretexto que le ponen para justificar que te han cobrado esa pastísima para entrar. Lo único interesante que tenía es un aparato con el que podías hacer una simulación del choque de un meteorito (podías elegir su masa, su velocidad…) contra un planeta (yo elegí la Tierra).
También hay unos WC en los que alguno aprovechamos para soltar un meteorito que nada tuvo que envidiar al que había originado aquel emporio mucho tiempo atrás.
Una cara tienda, en la que no nos compramos nada, completaba el compendio.
El cráter tenía dos miradores, desde los cuales nos hicimos las obligadas fotucas al grito enérgico de “¡¡¡meteoritorrr, meteoritorrr, meteoritorrr….!!!”, el cual hizo que los otros visitantes nos mirasen un tanto flipaos. Como he comentado, se supone que ese boquete gigantesco lo produjo un meteorito que desde la aurora interestelar chocó contra el planeta Tierra, que es en el que vivimos. Esto dio lugar a otro de los grandes debates del viaje. Y es que a alguno de nosotros, entre los que me incluyo, toda la historia esta del meteo no se qué nos suena un poco a película. Yo me decanto más porque aquello ha sido excavado por los americanos para atraer y sacar los cuartos (75 cuartos, o más bien enteros, exactamente) a cinco gilipollas como nosotros.
Ya oscureciendo continuamos el camino hacia Flagstaff, a donde llegamos ya de noche. Allí teníamos la referencia de una pizzería que nos había recomendado alguien en España (gracias Noemí): Picazzo´s. Preguntamos en el centro del pueblo a una atractiva joven y más o menos nos lo supo indicar. Estaba en las afueras del pueblo.
Nos costó un poquillo encontrarlo, pero después de unas cuantas vueltas y casi de casualidad, dimos con ello. Mereció la pena, pues nos metimos pal cuerpo un par de pizzas y unas cervezazas dignas de cinco intrépidos como nosotros.
Tras ello nos pusimos a buscar motel (como todas las noches). Esta vez nos costó un poco encontrarlo, pues, aunque había muchos, los propietarios se subían bastante a la parra y pedían muchos dólares. Al final encontramos el “Arizonan Motel” en el que dormimos placenteramente los cinco por 101,6$, previo preceptivo regateo con el indio-pakistaní que lo regentaba, un tipo bastante peculiar.
Nos acostamos con un cosquilleo en el cuerpo propio de saber que al siguiente día nos esperaba uno de los platos fuertes (si no el más) del viaje: el Parque Nacional del Gran Cañón del Colorado.
El siguiente día nos confirmaría que ese cosquilleo estaba más que justificado, pero esa ya es otra historia…

jueves, agosto 21, 2008

Más fotos

Mientras las crónicas siguen en proceso vamos con algunas fotucas para poner los dientes largos.

Nueva York (que lejos queda ya). El puente de Brooklyn al fondo.

El Grand Cannyon.

Una intrépida ardilla trata de robarle la manzana al intrépido reportero. Y lo consiguió. La cámara de fotos sería imposible quitarsela de las manos.

No es New York sino Las Vegas.

Así se quedo alguno tras una noche de apuestas en Las Vegas.


miércoles, agosto 13, 2008

Día 12: Santa Rosa- Grant (Nuevo Mejico)

Nos encontramos en el estado de Texas, sí la tierra de los Rangers como Walker, no el andarin al que todos conocemos y con el que pasamos momentos alegres, sino el que da ostias como panes. Personaje interpretado por ese gran actor (antes que actor persona), Chuck Norris. Una màquina jugando al póquer, seguro.

Nos hemos ido a desayunar a un bar del pueblo, el Silver Moon en Santa Rosa. Nuestra intención, desayunar en condiciones. Y por todos los dioses del universo que lo conseguimos.

La taza de café siempre hasta arriba, tortitas a porrón con mantequilla, mermelada, miel y esto acompañado de huevos con beicon, alguna tostada como pan y zumo. Vamos, lo que acostumbro a tomar yo todos los días en mi casa para ir con fuerzas a picar a la mina.

La señora que nos atiende, muy amablemente nos ofrece algo picante para nuestros güevos. Después de secarnos las lagrimas, tanta amabilidad nos conmueve, le decimos que no, gracias. A lo largo de estos dias hemos desarrollado una tolerancia muy alta al picante, debido a nuestra dieta, pero cabia la posibilidad de que estuviera hablando de otra cosa. Pues si que empiezan fuerte la mañana.

Después de este desayuno de cowboy, nos vamos a ver el museo del automóvil de la ruta 66 (Route 66 Auto Museum). Esta en el mismo pueblo y en la misma calle, como casi todo, dicho sea de paso.
Es una parada obligada si os gustan los coches y muy recomendable si no es asi, porque podeis ver coches que difícilmente vereis en otro sitio que no sean las películas de los años 60. Los coches y los objetos, como carteles de anuncios publicitarios o de películas junto con juguetes y la musica ambiente, os pondran en situación para vivir un poco, momentos de aquella epoca. La entrada cuesta 5$, y se encuentra en Santa Rosa, NM
88435, en la 2766 Historic Route 66.
Por cierto, la mayoria de estos coches estan a la venta. Si os interesa hacer la ruta 66 con el mejor estilo, esta podria ser una posibilidad. Nosotros seremos fieles a nuestro cañonero… a su aire acondicionado y demas prestaciones.
Con buen sabor de boca, tanto por el desayuno como por el museo que acabamos de dejar nos ponemos rumbo a Santa Fe, en Nuevo Mexico.
De camino a Santa Fe hemos hecho un alto en Las Vegas. Me ha pillado con los ojos cerrados (vale, sobao) y cuando me han dicho que estabamos en Las Vegas, me he acojonado. “ Ya? Pero si antes teniamos que ver el Cañon. Y las luces de los casinos?”
Me corrigen, esto es Las Vegas de Nuevo Mexico. “ ¡Ah! Vale, que como conduce el campurriano…” El resto me entiende. Y es que a Cesar le falta mundo cuando conduce.
Hemos visto lo poco que habia que ver en el pueblo y nos hemos quedado a comer.
Mexicano otra vez, da igual con nuestro estomago inmune. Hemos comido en el Estella`s Café. Comemos bien, pero aquí la coca-cola te la sirven de lata, no a granel y hasta que te hartes, que es a lo que nos habiamos acostumbrado.
Después de comer, nos vamos a Santa Fe. Cerca de este lugar se encuentra Los Alamos, lugar conocido por ser el centro de experimentación e investigación de las bombas nucleares que mas tarde los yankis dejaron caer sobre Hiroshima y Nagasaki.

Los ranchos por esta zona tienen un aspecto mas mexicano y se ve cierta influencia tanto india como hispana, tanto en las formas como en los colores.

Llegamos a Santa Fe y nos acercamos a la plaza, centro pricipal desde el que nos movemos para ver lo mas destacado.

Nos sorprende. No deberiamos haber perdido tiempo en Las Vegas (de Nuevo Mexico).
El pueblo esta muy bien, es bonito, tiene ambiente y se ve mucha actividad por la calle. He de decir que llegamos coincidiendo con un festival de blues.
Genial, la peña bailando en la plaza. Como el chicharrillo de nuestro barrio, pero con sombreros vaqueros en vez de txapela. Vemos como un tipo, con aspecto de vaquero, (puede que no haya visto una vaca en su vida), va donde un grupo de tres mujeres que estan sentadas viendo el baile y una por una, las va invitando a bailar. A la tercera va la vencida. Pa mi que estan en algun grupo de baile o lo llevan haciendo toda la vida, porque se mueven muy bien. Hay que tener cuidado de no pisarle el callo a la parienta con esas botas camperas. Después como todo buen caballero, la acerca al sitio donde ella se encontraba sentada, se despide de ella con un beso, un abrazo y suponemos que la promesa de volver a intentarlo.

En Santa Fe, si llegais antes de las 18:00, tendreis la oportunidad de ver y comprar en los puestos ambulantes de los nativos. Encontrareis cosas muy chulas y a precios algo mas baratos que en las tiendas que hay alrededor de la plaza.

Pudimos ver al pasear por sus calles, incluso antes de entrar en el pueblo, el aspecto colonial que aun seguian queriendo dar a sus casas. Casas de color tierra, simulando las
de adobe colonial.

Salimos de Santa Fe hacia Albuquerque, con pena de no poder dedicarle mas tiempo.
De camino paramos en Grant, que ya es tarde y hay que buscar un sitio donde planchar la oreja. Después de varios intentos, damos con uno que se ajusta a nuestras necesidades economicas. Por fin a la cama y solo son las dos.

sábado, agosto 09, 2008

Día 11: Amarillo - Santa Rosa (Nuevo Mejico)

Another “brick” on the Blog (04-08-08)

¡¡¡Hola corazones (de verano)!!!

Espero que captéis la el juego de palabras...

Tras la escasa cena de anoche en “The Big Texan” nos hemos levantado un poco empanados y nos ha costado encontrar el “Visitor’s Center” de Amarillo. Tras algunas vueltecillas por el centro lo hemos logrado. Allí, una amable americana nos ha aconsejado que visitar en el pueblo y alrededores y esta es la crónica.

Lo primero nos hemos dirigido a Palo Duro Canyon, un parque estatal situado 25 millas al sur de Amarillo, a ver las increíbles hendiduras que el viento y el agua han horadado en la roca. Se podían ver varias capas de sedimentos (cada una de distinto color). Un adelanto de lo que nos espera en Grand Canyon.
También hemos visitado un centro de interpretación y dado un mini-paseo (38º C).

Finalizada esta excursión hemos vuelto al centro y hemos estado por la calle por donde pasaba la antigua Ruta 66. Hemos parado a comer en un auténtico restaurante americano. Allí hemos podido conectarnos a Internet y hemos estado hablando con Óscar y Amaia (gracias al skype). ¡Que puntazo!

Para terminar nuestra visita a Amarillo, nos hemos dirigido a las afueras a ver “Cadillac Ranch”. Un patatal en el que también hay plantados 10 cadillacs (morro abajo). Los coches están todos grafiteados y hay unos botes de pintura para que el que quiera deje su “firma”. Nosotros lo hemos hecho, como quedará demostrado en alguna de las fotos.
Nuevamente tomamos el coche para adentrarnos más en el “Pandhandle” de Texas (la zona norte, la que cruza la Ruta 66). Hemos parado en Vega y Adrian, dos pueblos que se disputan ser el punto intermedio de la ruta entre Chicago y Los Ángeles.
Después hemos llegado a Glenrio, pueblo que se sitúa en la frontera entre Texas y Nuevo México. Otro pueblo fantasma (en este caso 100% fantasma, no había ni una casa con aspecto de estar habitada, ni una persona, ni siquiera un animal.
Pensaréis que nos repetimos un poco, al principio, cada día visitábamos un rascacielos, ahora cada día un pueblo fantasma…
Lamentablemente, en nuestro periplo por el estado de Texas no hemos podido ver ninguno de los famosos “Rangers” de Texas, ninguna noticia del inigualable Chuck Norris.

Desde Glenrio hemos tomado una pista de grava hasta San Jon (ya Nuevo México), lo cual es pecata minuta para nuestro “CANYONEROU”.
Para finalizar el día, nada mejor que reponer fuerzas en Santa Rosa. Hoy hemos buscado (y encontrado) el motel antes de ir a cenar. Es la primera vez que nos pasa.

Vamos a muy buen ritmo. Más o menos hemos ganado un día y si seguimos así es probable que nos de tiempo a visitar San Francisco, aunque sea a la carrera.

Hasta mañana o un día de estos.

jueves, agosto 07, 2008

Día 10: De Chandler a Amarillo (Texas)

Empieza un nuevo día en nuestro viaje por tierras americanas. Esta noche hemos debido adelgazar unos cuantos kilos pues las habitaciones del motel más bien parecían unas saunas. Nuestros cuerpos lo agradecerán y las mujeres que gozan de ellos también. Sin embargo el calorcito no nos abandonará en todo el día. A las 12 del mediodía el termómetro de Cañonero ya marca 100ºF (unos 37ºC). ¡Qué gran invento el aire acondicionado!
Al poco de salir de Chandler nos encontramos con un gran mural de la ruta 66 que nos da pie a unas fotucas muy chulas. Prácticamente nos pasamos toda la mañana metidos en el coche, tratamos de seguir la vieja ruta 66 evitando autopistas y así de paso no pagamos peajes. Pero a veces la señalización no es la adecuada y damos bastantes vueltas, lo cual nos retrasa bastante.

Comemos en Weatherford donde una guapa camarera nos atiende. Además se esfuerza en hacerse entender cuando no la entendemos a la primera, cosa que no siempre nos ha pasado.

Seguimos nuestra ruta con los estómagos llenos de rico colesterol americano y llegamos a Clinton donde entramos a un Museo de la Ruta 66 por el módico precio de 3$ atendido por una amable anciana, cosa que no es muy frecuente en nuestro país pero que en los USA parece más habitual.
Notamos como el paisaje ha cambiado respecto a días precedentes. Se ha vuelto más seco. Nos preguntamos de donde sacarán el agua en estos parajes, y es que llevamos atravesado casi medio país y no hemos visto ninguna montaña. También vemos alguna máquina extractora de petróleo al lado de la carretera.

Llegamos a Texola del que habíamos leído que era un pueblo fantasma aunque nosotros observamos algún lugareño. Pero lo más curioso nos ocurre al abandonar el pueblo. Vemos atravesar la carretera a una correcaminos madre seguida de 4 o 5 hijos. ¿Huirían del coyote? Poco después entramos en Texas. El calor sigue siendo insoportable (101ºF a las 20.00h). Se hace de noche y nuestros estómagos lo notan. Así que tratamos de buscar un lugar en el que cenar lo cual no nos va a resultar fácil Hay pocos pueblos en Texas y muy distanciados entre sí y en los que paramos, o no encontramos ningún sitio para comer, o han cerrado ya (todavía no son las 9 de la noche). Antes mencionar que Miguel se merece un aplauso por no usar en el día de hoy su pie izquierdo para pisar el inexistente embrague. Nuestros cuellos se lo agradecen.

Así que nos vemos obligados a llegar hasta Amarillo que ya es un pueblo bastante grande. Allí teníamos una visita obligada al The Big Texan porque resulta que la persona que consigue comerse un chuletón de 72 onzas (unos 2 kilos) más todos sus acompañantes (ensalada, patatas fritas, alitas de pollo y creo que algo más) no tiene que pagar nada y entra en el libro de honor del lugar. Nosotros llegamos dispuestos a intentarlo, ¡qué somos de Bilbao la hostia!, pero en cuanto vemos el tamaño del chuletón y de las personas que lo intentan nos damos cuenta que vivimos a unos cuantos kilómetros de Bilbao. Vamos, que nos rajamos. Aquí va un buen ejemplar del tipo de persona que intenta y consigue la hazaña.
Así que pedimos una cena más modesta que aún así nos cuesta terminar. Es curioso el recinto éste. Todo decorado y ambientado al estilo cowboy, hasta los camareros van vestidos con atuendos vaqueros. Incluso el que nos toca a nosotros, al que llamaremos Ronco Bill por esto que comento y por su peculiar voz, tiene gestos de verdadero cowboy. No sabemos si es que es así o es que se mete de lleno en su papel.
Se acaba el día y hay que buscar sitio para dormir. Preguntamos en varios moteles precios y condiciones, regateando siempre. Sopesamos mucho a cuál ir hasta que tomamos la decisión. El más barato, of course.

Día 9: De Saint Robert (Missouri) a Chandler (Oklahoma)

El capullo del Star Motel nos ha timado un poquillo porque después de decirnos anoche que el desayuno estaba incluido, por la mañana nos dicen que allí no dan desayunos. Además el Motel es muy malo, así que ya sabéis donde no tenéis que ir: (Star Motel 1057 Old Route 66, Waynesville, Missouri).

Como somos tipos duros y nos gusta vivir peligrosamente, nos ponemos en marcha sin desayunar. Ya comeremos algo de fruta en el coche. A cinco minutos al oeste de Lebanon paramos en la tienda de antigüedades de Linda August, donde nos proveemos de todo tipo de souvenirs perfectamente prescindibles y que luego veremos más baratos en un montón de sitios.
Como hemos perdido bastante tiempo entre una cosa y otra, optamos por dejar las carreteras secundarias, y cogemos la autopista con rumbo a Galena. Al llegar comprobamos algo que va a ser bastante habitual al lo largo de la Ruta y es el hecho de que pueblos que teóricamente son grandes (es posible que en extensión lo sean), luego no tienen casi nada. Como digo Galena es un buen ejemplo, aunque al menos pudimos hacer unas fotos muy auténticas de una Ruta 66 en decadencia.

Como hemos visto el pueblo en un momento, hay 37 grados, y ya va siendo hora de comer, entramos en el único Restaurante que vemos abierto, el “Mi Torito”, un sitio de auténtica comida mexicana donde nos llevamos una sorpresa agradable, ya que hasta el momento es el mejor sitio en el que hemos comido en todo el viaje, y además nos trataron muy bien (saludos Rafael). Supongo que estarían alucinados de encontrarse allí a unos turistas hablando en español.
Nuestra ruta sigue por Riverton (nada reseñable), y por Baxter Springs, pequeño pueblo típicamente americano, donde parece que lo más destacable es que allí Jesse James robó un banco en 1876.

En Oklahoma la Ruta 66 está bastante conservada, así que no tenemos problemas para seguirla. En una de éstas nos encontramos con un lugar con gradas repleto de gente, coches, barbacoas… pensamos que se trata de un rodeo y que estaría guapo ver uno en vivo, así que paramos. Cuando nos acercamos nos damos cuenta de que en realidad es una carrera de coches, de estas super macarras que se ven en las pelis. El sitio se llama Creek County Speedway.
Hechas las fotos de rigor, ponemos rumbo a Stroud, con la intención de cenar en un Restaurante recomendado por la guía, aunque parece que a algún cliente no le satisfizo mucho la comida, porque cuando llegamos descubrimos que el local está calcinado.

video
No sé si lo sabréis, pero al menos en esta zona de los EEUU es difícil encontrar algo abierto para cenar más tarde de las 20:30. Un ejemplo es el siguiente pueblo al que fuimos (Chandler). Es sábado, sobre las nueve y media y ya está todo cerrado.
Llegamos hasta el final del pueblo, y nada, así que entramos en una gasolinera para dar la vuelta, con tan mala pata que lo hacemos por dirección contraria, justo cuando está repostando un coche de la policía (glup). Un poco para desviar la atención de nuestra pequeña infracción, y un poco por necesidad, le preguntamos al poli si hay por allí algún sitio abierto para cenar. En ese momento nos damos cuenta de que justo al lado hay un sitio con un cartel enorme que pone “ken’s Pizza”. El poli (que nos mira con cara de no estar pensando “estos putos guiris…”), nos recomienda lógicamente el mencionado local, y para no contrariarle, dirigimos hacía allí nuestras ruedas. Una vez allí, y por cómo nos mira la gente, nos imaginamos que no es muy habitual ver turistas de nuestros lares. Todavía alucinan más cuando pedimos una pizza tamaño “jumbo”, a pesar de las advertencias de la camarera de que era “very, very big”. La verdad es que no era nada big, así que acabamos con ella sin problemas.
Después de cenar buscamos motel y acabamos en el Lincoln, que no os recomendamos, porque en las habitaciones huele a humo, son pequeñas y hace un calor del copón.

martes, agosto 05, 2008

Día 8: 01-08-08. Salida de Illinois y llegada a Missouri

¡¡¡Hola muchachada!!!
Os paso a relatar cómo comenzó y como se dio el primer día del mes de agosto de 2.008 para este grupo de intrépidos.
Todo empezó en la cama de un motel de carretera al lado de Farmersville (en Illinois), bruscamente, cuando el maldito móvil (que cada día que pasa estoy más convencido de que tiene más inconvenientes que ventajas) dijo que ya era la hora de ponerse a trajinar.
Nada más salir del motel nos dirigimos a desayunar (el desayuno en el motel estaba “non incluyed”).
Primero desayunó el que más lo necesitaba: el Cañonero (nombre cariñoso con el que hemos bautizado a la bestia que nos traslada). Le llevamos a desayunar a la gasolinera más cercana y ¡cómo desayuna el jodido! Cada desayuno nos sale a 80$.
Por cierto, lo de echar gasolina aquí (como un motón de cosas rutinarias del día a día) es toda una experiencia.
Después nos tocaba desayunar a nosotros, así que fuimos al pueblo de Farmersville que, como indica su nombre, se dedica al tema del ganado (la granja y todo eso…).
Allí nos metimos el típico y “ligero” desayuno americano, en un local puramente idem llamado “Silver Dollar”. El desayuno consistió en: un huevo frito, salchicha, tostadas y zumo de naranja (y algún insaciable-voraz tomó café).

Ni qué decir tiene que, tras lo anterior, todos, incluido el Cañonero, salimos de Farmersville como señores (en lo que a depósito lleno se refiere…) y proseguimos la marcha hacia el Estado de Missouri.
De camino vimos en un pueblillo una gran superficie (Wal Mart) y decidimos parar a hacer unas compras.
Nos pillamos allí la mejor compra que hemos podido hacer en todo el viaje: una nevera portátil. Desde entonces la llenamos todas las mañanas de hielos (aquí los venden en cualquier lugar…) y metemos agua y cervezas. Cuando se tercia nos tomamos unas cervecitas fresquicas dentro del Cañonero y el viaje se hace la mar de placentero Baldomero.
También pillamos unos bocatas (para comer ese día, lo cual agradecieron nuestros bolsillos y nuestros estómagos, sobre todo éstos últimos), bebidas, fruta, yogures y alguna otra pijada.
Del súper (al igual que lo de echar gasolina que he comentado), decir que es también una experiencia lo de comprar aquí.

Me sorprendió mucho que la ropa aquí está bastante barata (teniendo en cuenta además que a los precios que marcan hay que dividirlos por 1,557 para pasarlos a euros).
Tras el súper proseguimos camino, intentando seguir en todo momento la Ruta 66, o lo que queda de ella (muchos tramos de la misma han desaparecido).
Cuando circulábamos por ella (todavía en el estado de Illinois) paramos en un pequeño museo que vimos al lado de la carretera (Henry’s Rabbit Ranch), pero estaba cerrado, no sabemos por qué. Una pena, pues tenía muy buena pinta...
De esta manera seguimos con la ruta y, poco después, entramos en el estado de Missouri y, al rato, llegamos a San Luis (Saint Louis).
Previamente a llegar a San Luis habíamos podido observar con entusiasmo cómo el termómetro con la temperatura exterior que tiene el Cañonero marcaba 41º (¡¡¡bieeeeeen!!!).
Aparcamos el Cañonero en la 10ª avenida de San Luis y nos fuimos a un parque con nuestras compras (bocatas, frutas, yogures…) y nos dimos un festín. Los bocadillos no nos hizo falta calentarlos, pues para eso ya estaba el ambiente (40º).
En plenos horrores digestivos nos pusimos a visitar la ciudad. Que visitar la ciudad quiere decir visitar su impresionante arco metálico.
Se trata de un arco de casi 200 metros de altura y los mismos metros de cuerda (la separación entre sus “patas”).
Lo anterior, combinado con la esbeltez que tiene, hace que el arco resulte impresionante, especialmente visto desde cerca.
Aunque lo debió diseñar un arquitecto (coleccionista de medallas y honores, ¡faltaría más! ¡qué injusto es este negocio!), se trata de una obra de ingeniería espectacular, como siempre pasa en estos casos.
Y esta reflexión me conduce a otra que debéis tener siempre muy presente: Un arquitecto tiene que ir siempre bien vestido porque en cualquier momento y en cualquier lugar se le puede hacer un homenaje.
A mí me encantó el arco, quizás porque no me lo esperaba tan espectacular y/o quizás por defecto profesional (en un museo que hay debajo del mismo explica cómo lo construyeron, y es la mar de interesante…).
El arco simboliza la “Puerta del Oeste”, que es como se conoce a San Luis. Y es que era la ciudad en la que comenzaban las aventuras antaño para todos aquellos que se dirigían al oeste del país para buscar fortuna.
Comentar también de San Luis otro atractivo de la misma, y es que en ella se juntan los ríos Mississippi y Missouri, para dar lugar a unos de los ríos más importantes del mundo. La vista del río a su paso por San Luis es interesante (tiene una anchura increíble, bastante más que el Ebro a su paso por Reinosa). Curiosamente, ese día bajaba con una crecida espectacular (bajaba marrón y con muchos arrastres de maderas…), de forma que algunas calles anexas al río estaban cortadas por la crecida. Aún así tuvimos valor para acercarnos y, como símbolo, tocar sus aguas.
Yo en San Luis las pasé putas con el calor, pero que mucho. Lo de ser de una zona fría te juega una mala pasada cuando llegas a un lugar con calor extremo.
En lo referente al grupo, por un error de coordinación interno vimos la ciudad separadamente. El subgrupo 1 lo constituyeron Edu-Carlos-Luis. El subgupo 2, los demás.
A eso de las 6 nos fuimos de San Luis.
Me quedé con las ganas de ver la fábrica de cervezas Budweiser (cerveza que se puede encontrar en España en muchos bares), que resulta que es la más grande del mundo. Habría estado bien. Pero el grupo quiso proseguir camino… Paramos en un pueblo llamado “Eureka”, aunque solo fuera por ese nombre. Estuvimos viéndolo en unos 40 segundos (tiempo más que suficiente para ver los pueblos de por aquí) y entramos a una especie de bar, con la intención de tomar una cerveza. Cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos venir a la que atendía aquello con 5 cartas, para cenar. “Mozuca, ¡¡¡que son las 7!!!”. Es lo que nos dieron ganas de decirla. Pero nos limitamos a decirle “¿Is posibol tu teik onli e bier?”. “Sure” dijo ella. Nos supieron a teta de novicia.
Proseguimos camino y, a la hora que Dios manda para cenar (9-10), paramos en un local al lado de la autopista (Miller’s Grill) para hacer o que nos habían ofrecido a hacer tres horas antes.
Cenamos y nos pusimos a buscar motel (que nos costó un ratillo porque eran un poco caros los de por allí) y al final encontramos el “Star Motel”, en Waynesville.
Negociamos con la chavala que atendía aquello un descuento en el precio e incluir el desayuno.
El día siguiente nos depararía una desagradable sorpresa en este sentido, pero eso ya os lo cuenta otro…
Por cierto, comentar de la Ruta 66 que lo que más llama la atención (hablo en 1ª persona, aunque creo que la sensación es general) es el simbolismo y la historia que desprende todo lo relacionado con ella. Por todos los pueblos por los que pasa, o pasaba, existe alguna mención a la misma. Muchos bares están decorados con símbolos o detalles de la ruta y hay muchos museos relacionados con ella a lo largo del recorrido. Al recorrerla sientes que es algo más que una carretera.
Desde el corazón de América, un campurrianu informó al mundo… ¡¡¡Viva Campoo!!! Besitos para ellas. Abracitos para ellos.
Ah. Que tu mama se recupere y que no lo pases mal.